Mística y visionaria
Sus visiones, vividas en plena conciencia, abarcan la creación, la redención y el fin de los tiempos.
Virgen y Doctora de la Iglesia · 1098 – 1179
«Soy una pluma en el aliento de Dios»
Monja benedictina, mística, compositora, teóloga y sanadora. Una luz del siglo XII que hoy queremos dar a conocer en Uruguay.
Nuestros rosarios
Cada pieza se arma a mano, cuenta por cuenta, con piedras naturales y en oración.
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Quién fue
Hildegarda nació en 1098 en Bermersheim, en tierras de la actual Alemania. Desde muy pequeña tuvo experiencias de una luz interior que ella llamó «la sombra de la Luz viviente». Consagrada a Dios siendo niña, vivió en comunidad benedictina, llegó a ser abadesa y fundó dos monasterios.
Fue una mujer extraordinaria para su tiempo: escribió libros de teología y de ciencias naturales, compuso música que todavía hoy se canta, predicó en catedrales y aconsejó por carta a papas, emperadores y santos. En 2012 el papa Benedicto XVI la proclamó Doctora de la Iglesia, uno de los títulos más altos que la Iglesia otorga a quienes enseñan la fe con sabiduría.
Su legado
Todo lo que hizo nació de la oración: para ella, la creación entera canta la gloria de Dios.
Sus visiones, vividas en plena conciencia, abarcan la creación, la redención y el fin de los tiempos.
Enseñó la fe con imágenes llenas de belleza. Por eso la Iglesia la reconoce como maestra universal.
Su música, de melodías amplias y luminosas, es de las más antiguas de autor conocido en Occidente.
Estudió plantas, piedras y animales, y escribió sobre la salud del cuerpo y del alma.
Abadesa valiente: fundó los monasterios de Rupertsberg y Eibingen para sus hermanas.
Mantuvo correspondencia con papas, reyes, obispos y con el emperador Federico Barbarroja.
Una palabra clave
Hildegarda usaba la palabra latina viriditas, «verdor», para hablar de la fuerza vital que Dios derrama en todo lo creado: lo que hace brotar la semilla, reverdecer el campo y florecer el alma cuando se abre a la gracia.
Para ella, la Virgen María es la viridissima virga, «la rama verdísima» de la que florece Cristo. Una espiritualidad que nos invita a cuidar la creación y a dejar que Dios haga reverdecer lo que en nosotros parece seco.
«O viridissima virga, ave…»